• Club Deportivo Morón

11 años después



El sábado 3 de junio se terminaron de dar todos los resultados necesarios para que Morón después de 27 años vuelva a ser campeón. Hace exactamente once años, el 3 de junio pero de 2006, se daba uno de los momentos más trágicos en la historia del Gallo. Miralles, con cara interna, le pegaba al palo de Gagliardo que, tapado por una barrera interminable, se quedaba inmóvil viendo cómo la pelota se clavaba en el ángulo. No hay que hacer mucho esfuerzo para acordarse de aquella tarde lluviosa, de la caravana, de la gente saltando en el medio de la autopista, de escuchar el primer tiempo por radio, de llegar a la mitad del partido, del barro, de la presión por entrar, del dale campeón, de la gente bajando del alambrado para ‘hacer las cosas bien’, del descuento, del no pasa nada y del grito de gol que vino desde la tribuna de enfrente y arrasó con todo lo que tenía a su alrededor. De la invasión espesa de ese sonido tantas veces hermoso pero esa vez espantoso, con cuerpo, denso, que se sintió físicamente como un viento arrollador que pegaba en la cara. De ese final conocido, donde entre lágrimas, saqueos y silencio absoluto, volvimos al Oeste muertos, en depresión total, sin vida ni esperanza.

Esos cuatro minutos fatales nos hicieron mierda. Por más que intentamos olvidarlos, nos hicieron mierda. Cada vez que se acercaban los instantes finales de cualquier partido, el fantasma de Varela daba vueltas y vueltas por todas las mentes presentes (incluso en el último partido con Platense). Nos hacíamos los superados pero no lo podíamos superar. Lo que había estado tan cerca, lo que era prácticamente un hecho, lo que parecía alcanzable, de repente se había vuelto imposible. Nos cargaron una piedra enorme en los hombros. Un peso casi imposible de llevar para cualquier equipo. A partir de ahí vino el 1 a 0 de Español con los tres goles anulados, la invasión y destrucción del Francisco Urbano con el patrullero incendiado; la final del reducido con Estudiantes; un empate de Chicago en el último minuto con uno menos; Chacarita dándonos vuelta un 3 a 2 en nuestra cancha; la ida con Almagro 4 a 0 abajo; las muletas de Marcos Fernández; ascensos de todos los equipos (grandes y chicos, clásicos e inexistentes); suspensiones de cancha; los penales con San Lorenzo; la despedida del Urbano con derrota; la inauguración con un 0 a 0 y dos penales atajados por Migliardi; Daniele y Mario Grana; Pasini y Giunta; Rodas, Viturro, Juárez, Turienzo, Luque, Lenci y otros tantos olvidados; Wanchope haciendo goles en todos los clubes menos en Morón; Messera y el Pipa Gancedo; Spina; la 30 de noviembre; Brown de Adrogué ascendiendo en nuestra cancha; Román Martínez, Perotti y Campagnaro triunfando en Europa; hasta llegar al empate 0 a 0 en la última fecha con los suplentes del ya descendido Flandria para salvarnos de la C.

Cada historia, cada situación, hizo su parte. Todo contribuyó al desencanto, a quedar peleados con todos los planteles que vistieron la blanca y roja, a cantar mil veces jugadores la concha de su madre, a pedir que se vayan todos, a generar un murmullo en cada pelota, a insultar sin asco. A convertirnos en uno de los públicos más ansiosos, fastidiosos e intolerables del fútbol argentino. A ser una hoguera insaciable.

Once años tuvieron que pasar (uno por cada jugador) para que podamos sanar esa herida y volver a pensar en grande. Para volver a ser lo que nunca debimos dejar de ser. Para volver a disfrutar de ir a la cancha, de ver a un equipo, de tener ídolos, de respetar a un técnico, de abrazarse, de llenarse de fútbol. Once años para volver a estar unidos en pos de un sueño que arrancó en pretemporada y se consolidó en las diferentes instancias de la Copa Argentina. Once años de ilusiones y tristezas para que hinchas, jugadores y cuerpo técnico pudiéramos, de una vez por todas, avanzar todos juntos, al ritmo de las fechas y el calendario apretado, con la certeza y el miedo de que este sí parecía ser El año.

El tiempo, que cura todo, puso las cosas en su lugar y quiso que el único jugador que vivió ambas etapas haya sido Damián Emilio Akerman. Justicia poética que le devuelve al máximo goleador y posiblemente mejor jugador de la historia moronense una especie de revancha aliviadora. Junto a Milton, arquero de equipo grande, que responde con serenidad y firmeza cada vez que le llegan; Mayola, eterno capitán, carácter, concentración, seriedad y emblema del plantel; Lillo, gran resurrección y enorme progreso para adueñarse del mediocampo a pesar de ser resistido por largo tiempo; Gerardo, el mejor y último 10 del ascenso, top 5 de mejores pegadas del fútbol argentino, dueño de las pelotas más calientes; Walter Otta, técnico capaz, laburador, pragmático, inteligente, rápido en la toma de decisiones, con diálogo, buena predisposición y gran persona. Sumados al resto del plantel: Ferreira, Racca y Nico Martínez, garantizando una defensa sólida con la ayuda de Broggi y Minici; Giménez y el rengo Díaz, siendo de gran ayuda en la creación, tenencia y equilibrio del mediocampo; Guzmán, Pichín Pardo y Nico Ramírez, aportando velocidad, creatividad, atrevimiento, desborde y llegada; Bicho Rossi marcando goles importantes, jugando de lo que sea necesario, aportando pausa y control; sumados a Toledo, Montero, Félix Benito, Migliardi y el resto del plantel, directivos y gente del club que pasan desapercibidos aportando lo que les corresponde desde su lugar.

Termino de nombrar a cada uno de estos profesionales que dieron el máximo de sus capacidades por la gloria y trato de no ser exigente pero me la hacen muy difícil. Porque, en primer lugar, demostraron más de una vez que pueden, que tienen carácter, que se agrandan en las difíciles, que si tienen que poner, ponen y si tiene que jugar, juegan. Además, en segundo lugar, porque somos Morón y siempre vamos a creer que merecemos mucho más de lo que tenemos, está en nuestro ADN. No sabemos conformarnos. Queremos dar la vuelta, queremos ir a primera y queremos ser campeón.

Por eso, once años después de aquella tarde fatídica, no queda más que disfrutar el momento, celebrar con amigos, en familia, con el barrio, con los conocidos de la cancha. Emborracharse. Festejar con todo el pueblo que se bancó tantas malas y siempre estuvo. Abrazarse con el de al lado. Gritar dale campeón todas las veces que sean necesarias. Desahogarse. Dejar salir el alma, que caigan lágrimas -pero esta vez de felicidad-, que tiemble la voz, que explote el corazón. Agradecer a todos por este histórico e inolvidable ascenso, que tardó en llegar pero valió la pena. Y agradecer, sobre todo, por sacarnos del letargo, por terminar con la mufa, por acabar con la malaria y por permitirnos volver a creer, por devolvernos la alegría de ir a la cancha, por volver a soñar. Por volver a enamorarnos.

Salud, campeones.

#PlumasdeGallos

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